Hay partidos que se pierden en la cancha y otros que se pretenden decidir en un escritorio. Lo ocurrido en El Trébol entre Guatemala y Surinam corre el riesgo de terminar en lo segundo, y por eso conviene poner los hechos en orden antes de que la Concacaf o la FIFA dicten sentencia.
Lo primero es lo que se vio. Guatemala ganó 1-0 y el encuentro terminó con empujones, golpes y desorden entre jugadores de ambas selecciones, lo que obligó a intervenir a las fuerzas de seguridad. Antes, Richonell Margaret fue expulsado por una seña obscena al público. Y el portero Etienne Vaessen protagonizó gestos polémicos que provocaron a la afición local. Esa secuencia consta en la crónica deportiva, y es la que cualquier comité disciplinario debería poner sobre la mesa junto con el resto.
Zafarrancho en El Trébol: Guatemala y Surinam terminan el partido con golpes y empujones.
Lo segundo es lo que se alega. Surinam acusa cánticos racistas y presentó una queja formal ante la Concacaf. Un jugador surinamés afirma que todo el estadio hacía ruidos de mono hacia él y sus compañeros, y Gianni Infantino calificó de absolutamente inaceptable el abuso racista dirigido a los jugadores de Surinam. Son declaraciones graves y no deben despacharse con un encogimiento de hombros. Pero una acusación, incluso una respaldada por el presidente de la FIFA, no es una prueba. Los árbitros, los delegados y las grabaciones existen precisamente para eso.
Aquí está el punto de mi crítica. Una sanción a Guatemala, sea multa, reducción de aforo o juegos a puerta cerrada, castiga a toda una afición por lo que se atribuye a algunos. Y llega sin que se hayan ponderado con el mismo rigor las provocaciones documentadas dentro de la cancha. Si el reglamento exige proporcionalidad, no puede mirar solo hacia las gradas y callar ante lo que ocurrió en el campo. Un portero que provoca al público con gestos obscenos, y un jugador que responde con una seña también obscena y sale expulsado, no son un detalle accesorio. Son parte del contexto que encendió el estadio, y eso no justifica ningún insulto racista, pero sí obliga a que el análisis sea completo.
Tampoco es la primera vez que se advierte una dinámica de roces entre ambos equipos. El partido de ida, jugado una semana antes, terminó 0-0, y lo que se cuente de lo sucedido allí debería respaldarse con evidencia, no con recuerdos de parte.
La Fedefut y la afición guatemalteca tienen, además, una obligación propia: exigir que se investigue con pruebas. Si hubo cánticos racistas, hay que identificarlos y sancionar a quienes los emitieron, porque ese tipo de conducta mancha a todo un país y no admite justificación alguna. Y si no se pueden demostrar, Guatemala no debe cargar con un castigo ejemplarizante por presión mediática o por un mensaje en redes sociales. La justicia deportiva que se precia de serlo debe basarse en el acta arbitral, el video y los testimonios, no en el clamor del momento.
Defender a Guatemala no es negar que el racismo existe en el fútbol. Es exigir que, cuando se acuse, se pruebe; y que, cuando se sancione, se mire el cuadro completo, incluido el comportamiento de quienes, desde la cancha, echaron leña al fuego.
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